jueves, enero 11, 2007

Costa Blanca - III. Ilusionismo

Capítulo III
Ilusionismo

El Boeing 777 de Aerolíneas Costenses carreteó sobre la flamante pista del aeropuerto de Ciudad Capital Costense, sólo entonces Duane recuperó el aliento. Ese era un aterrizaje que siempre le provocó temor, ya que la espesa niebla que se posaba sobre la isla hacía que fuera una maniobra complicada, cuando no peligrosa. Pero era evidente que el piloto era experimentado ya que el descenso fue paulatino y placentero.
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Mientras aguardaba por su equipaje Duane observaba las obras de modernización que se habían hecho en la Terminal aeroportuaria. No se veían demasiados avances, es más podría decirse que las modificaciones respecto de su última visita eran solo cosméticas. Una cosa le llamó la atención, la bandera del país estaba mal pintada. En lugar de ser una franja azul, una blanca y otra roja, todas ellas verticales, era de iguales colores pero en posición horizontal. No solo son brutos, además son vagos, pensó Duane. Seguramente nadie supervisó al pintor que hizo el trabajo. También llamaba la atención que la leyenda “Bienvenidos a Ciudad Capital Costense” no era nuevo, era el mismo que estuvo desde siempre, ni siquiera estaba repintado.
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La mayor sorpresa de Duane llegó al momento de pasar por el puesto de inmigraciones, todo era como la rutina manda hasta que el amable dependiente preguntó, ¿Cuantos días permanecerá en Costa Clara? ¿Cómo costa Clara? Exclamó Duane, Costa Blanca habrá querido decir. Disculpe usted señor, será usted muy nortemanericano pero conozco muy bien el nombre del país en el que vivo, disparó el empleado sin perder por un segundo la sonrisa. Je, póngale el nombre que quiera, no voy a discutir con un ignorante, solamente estaré un par de días, y si por mi fuese no estaría acá. El funcionario continuo con su mueca risueña, selló los papeles, devolvió el pasaporte y finalmente miró a Duane ampliando la sonrisa.
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Al subir al taxi Duane seguía ofuscado con el tipo de inmigraciones. Era un maleducado y no lo iba a dejar pasar, le comentaría a Hortrigoza la falta de respeto que había tenido que soportar en el aeropuerto, aunque no recordaba el nombre del funcionario, en realidad no se había fijado en el distintivo, pero el aeropuerto era pequeño, sería fácil individualizarlo.
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Rápidamente el taxi se mezcló en el frenético hormigueo del tráfico de Ciudad Capital Costense y en unos pocos minutos llegó al Royal, el único hotel de 5 estrellas de la ciudad. En la recepción lo acogió el botones de siempre, Junior, un moreno de edad incalculable aunque era lógico pensar que estuviese por arriba de los setenta. Buenos días Sr. Smith ¿ha tenido usted un buen vuelo? Preguntó el servicial moreno. Muy bueno Junior, que bueno es volver a verlo. Igualmente Sr. Smith. ¿Se quedará muchos días? Je, creí que me iba a preguntar si me iba a quedar muchos días en Costa Clara. Dijo Duane riendo entre sarcástico y enojado. Desde ya me refiero a eso Sr. Smith, ha adivinado usted mi intención, Duane se sobresaltó, miró fijamente al hombre y le dijo, amigo su país se llama Costa Blanca, no puedo creer que este hotel no contrate gente con estudios mínimos. Sr. Smith, no quiero ser impertinente, pero usted se encuentra en Costa Clara, dijo el botones y agachó la mirada.
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Duane estaba perdiendo la paciencia, entró como una ráfaga al lobby del hotel y antes de llegar a la recepción empezó a gritar que quería ver al gerente. El recepcionista tomo discretamente el teléfono y en pocos instantes llegó el gerente. El hombre miraba apaciblemente a Duane, que estaba más colorado que de costumbre, y le preguntó en qué podía ayudarlo. El Gringo Du enojadísimo le dijo que le dolía decirlo pero el botones le había faltado el respeto. Le había dicho que el país en el que se encontraban se llamaba Costa Clara y no Costa Blanca como era lógico y sabido. El gerente puso su mejor cara de poker y tranquilamente le dijo, estimado Sr. Smith no se a qué viene su enojo, pero Junior es nuestro empleado más antiguo y uno de nuestros mayores capitales humanos, jamás se mofaría de usted y sobretodo, no lo hizo ya que tiene razón en lo que le dijo, lamento que sea usted quien esté equivocado.
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Duane salió disparado del lobby del hotel, ni siquiera se preocupó por su equipaje, y corrió hasta la esquina donde había un puesto de venta de diarios y revistas. El hombre que lo atendía era un mulato ciego de aspecto nervioso. Déme un diario, le dijo Duane. Tómelo usted, y por favor ponga el dinero en la lata q está delante de mi, respondió amablemente el ciego. Duane no tenía billetes costenses, pero igual tomó un diario y echó unos dólares en la lata. La portada de El Patriota seguía siendo igual que siempre, marcaba fuertemente los símbolos patrios en el encabezado y sus titulares eran amarillistas. Observando la portada Duane vio algo que lo sacudió. La bandera dibujada en el diario tenía la misma orientación que la del mural del aeropuerto. ¿Cómo podía ser? Señor, estoy desconcertado, por favor, puede decirme comos e llama este país, preguntó avergonzado Duane. Costa Clara, Señor. Respondió amablemente el vendedor. ¿Estoy yo equivocado o este país se llamaba Costa Blanca no hace mucho? Preguntó Duane. No le voy a responder esa pregunta señor. No puedo hacerlo, no me comprometa. La expresión del ciego era más nerviosa todavía. ¿Cómo que no puede responderme? ¿Por qué no puede responderme? Solo me limitaré a decirle que este País se llama Costa Clara y no hablaré más del tema.El Gringo Du miró dentro de la lata del ciego, había algunas monedas y un par de billetes, en uno de ellos llegó a leer “Banco Central de Costa Clara”. Parecía un acto de ilusionismo, pero era realidad. Costa Blanca se había convertido en costa Clara.

martes, enero 02, 2007

Habemus Francesca

Interrumpimos este apasionante relato para informar a la población que el día 29 de Noviemnbre de 2006 nació Francesca Gioria, mi segunda sobrina.



Nótese lo bonita que es la niña en cuestión... Es al pedo sale al tío

Besos y abrazos para todos

Tico Cocco

jueves, noviembre 16, 2006

Costa Blanca - II. La Isla

Capitulo II
La Isla


El nombre de Costa Blanca fue dado por los navegantes españoles que llamaron así a la pequeña isla sumergida en una permanente niebla blanca. El clima de la isla era terrible. Llovía invariablemente todos los días, para luego escampar y hacer que la humedad del ambiente sea irrespirable. El turismo jamás pudo ser impulsado, a pesar de la belleza natural del lugar, ya que las inclemencias climáticas hacían que los turistas prefieran otras costas menos castigadas por la lluvia.
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Costa Blanca era un país insular ubicado en el Mar Caribe, cerca de las costas Colombianas, con una superficie equivalente a la mitad de la superficie cubana y una población rondaba los dos millones de habitantes. Tres cuarta parte de los cuales vivía en Ciudad Capital Costense, mientras el resto de la población se desperdigaba en haciendas del interior de la isla. La principal fuente de ingresos de su economía estaba basada en la explotación agraria, la caña de azúcar y la banana eran sus principales productos. El país no contaba con industrias propias y el comercio interno estaba regido por la importación de bienes de uso, preferentemente originarios de Estados Unidos.En los últimos años la economía de la isla había tenido un crecimiento oculto, la actividad del narcotráfico encontró en ella una base de operaciones muy confortable, con gobernantes permisivos y corruptos que hacían la vista gorda a sus actividades, cuando no se asociaban, lisa y llanamente, a lo zares de la droga. Pero con ese era dinero Duane no podía contar, ya que no pertenecía al circuito legal y se blanqueaba en otros lugares. El único indicio de ese movimiento económico eran las grandes mansiones de los barrios altos. Los hijos de los narcos compartían el aula con los hijos de las familias patricias, aquellas que eternamente habían regido los destinos del castigado país.
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Costa Blanca era gobernada desde finales los años setenta por un Dictador llegado al poder de la mano de la CIA en un traspaso de mando muy controvertido. El presidente en aquel entonces era un viejo militar que había gobernado el país por más de treinta años y repentinamente había dejado de obedecer a los mandatos del norte. Los rumores de la influencia marxista hicieron que los defensores del orden mundial interviniesen. El actual presidente lo derrocó sin disparar siquiera una bala en el derrocamiento. Extrañamente por aquellos días murieron muchos sindicalistas y estudiantes, que más extrañamente, eran opositores al derrocado. El golpismo de golpistas llegó al poder gracias a una revolución financiada por yanquis y prometió progreso, salud y trabajo a los habitantes de Costa Blanca que desearan vivir bajo los valores cristianos y occidentales. El tiempo se encargó de enseñarles a los isleños que su nuevo gobernante no era ningún libertador y que el destino de los nativos seguiría siendo la pobreza, el analfabetismo y una expectativa de vida inferior a los cuarenta y cinco años. El gobierno central de Costa Blanca era ejercido por el General Ricardo Barros, un tirano despiadado que se encargó de perpetuar a su país en el más profundo de los atrasos.
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Cinco años atrás el flamante Ministro de Hacienda, Abelardo Hortigoza, llegó a la cartera económica con un as bajo la manga. Su influyente amigo del Banco Americano de Desarrollo Sustentable le facilitaría un crédito con excusas de modernización de transportes, aunque era un secreto a voces la necesidad de mejoras en el aeropuerto, el puerto y las principales rutas. El camino de la droga debía agilizarse. Los Costenses eran gente de poco viajar. De poco comer incluso. A ellos seguramente no les sirvió de mucho el dinero del Banco.

miércoles, noviembre 08, 2006

Costa Blanca - I. Duane y la deuda

Amigos:
acá va la primer entrega de una historieta que se me ocurrio, pero es muy larga para escribirla de un solo tirón y muy densa para pretender que ustedes la lean de una sola vez. Así que les doy la oportunidad de que le peguen un vistazo a la primera parte y proximamente viene la continuación.
Ahi les va...
Capítulo I
Duane y la deuda


Duane Smith estaba preocupado, y no era un hombre que se preocupara con facilidad. El espíritu analítico y su capacidad de organización lo habían caracterizado a lo largo de su carrera pudiendo prever situaciones y no ser sorprendido por cuestiones imprevistas. Uno de sus lemas era justamente la no existencia de los imprevistos. Esa mañana de mediados de enero de dos mil seis Duane, el Gringo Du, se encontraba extrañamente intranquilo.

Promediaba los cincuenta años, hombre de altura mediana, contextura generosa y sedentaria, y un pelo rojizo que había sido objeto de traumas infantiles. Hizo deportes en la Universidad de Standford, jugó al fútbol americano, pero sentía una particular atracción por el fútbol, o el soccer, según sus coterráneos. Solo por despuntar el vicio seguía por TV las campañas del Barcelona de España, esa era uno de sus temas de conversación favorito con sus clientes. Duane ejercía el cargo de Analista Internacional de Economías Emergentes del Banco Americano de Desarrollo Sustentable, un organismo de crédito internacional muy frecuentado por las saqueadas economías de los países sudamericanos y africanos. Sus estudios avanzados en política económica latinoamericana le valieron los honores necesarios para cubrir tan importante puesto. Su eficiencia y pro actividad lo habían catapultado como uno de los principales analistas del Banco. Su meteórica carrera se basaba principalmente en la captura de algunas cuentas nuevas, es decir, nuevos deudores. Precisamente su caballito de batallas era hoy quien le estaba haciendo pasar un mal momento. Haciendo uso de un viejo amigo, Duane había incorporado una cuenta muy provechosa a las muchas que manejaba el Banco. Su amistad con el Ministro de Hacienda de Costa Blanca le permitió gestionar un préstamo de dos mil millones de dólares destinado a la modernización del aeropuerto de la capital de Costa Blanca, Ciudad Capital Costense, trazado de caminos interiores y mejoramiento de las instalaciones portuarias. Abelardo Hortigoza, el Ministro de Hacienda de Costa Blanca, fue su compañero de parrandas universitarias y, ahora eternizado en su cargo ejecutivo, lo había contactado para solicitarle la gestión del crédito. Sin mayores inconvenientes el Banco hizo efectivo el préstamo, se fijó un plazo de gracia de cinco años y había llegado el momento de cobrar la primera cuota de los intereses del préstamo. Al menos eso es lo que indicaba el recordatorio del sistema informático a través de un mail con fecha de vencimiento para ese mismo día.

Como se ha dicho, Duane era un tipo ordenado y metódico, y hacía un par de meses le había enviado un mail a su amigo Hortigoza recordándole que se acercaba la fecha del vencimiento, y que era necesario empezar a coordinar las transferencias que saldarían el pago del primer quinto del total de la deuda. Ese mail no había sido recibido por el Ministro Costense, su servidor lo había rechazado y el Gringo Du, como Hortigoza solía llamarlo en la fraternidad universitaria, había insistido con envíos sucesivos. Sucesivamente devueltos. Hizo también intentos telefónicos, todos ellos vanos. Era imposible comunicarse con la central telefónica del Ministerio de Hacienda. Duane estaba nervioso, temía que su compañero de fechorías estuviese negándose a atenderlo para sacarle una prórroga en el pago. Lo que le preocupaba no era la prórroga, ya que ese es el negocio del banco, eso aumentaría los intereses, lo que le inquietaba era saber que Hortigoza iba a exigirle algún retorno sobre el valor de la tasa, que era abusiva, pero no contemplaba el descaro de este insaciable chacal de las finanzas. Se acercaba el mediodía y el nerviosismo se apoderaba de Duane, por primera vez en tantos años de impecable desempeño no tenía una explicación lógica sobre un incumplimiento en una de sus cuentas. La reunión de Directorio estaba por comenzar y sus dedos estaban entumecidos por la exagerada presión que hacía sobre las teclas del teléfono en un intento desesperado por ubicar a su amigo para poder proponer, al menos, una fecha al Directorio.

Al salir de la reunión de Directorio Duane tenía la presión por las nubes y los ojos se le desorbitaban de furia. La travesura de su amigo le había costado la peor reprimenda que había presenciado, no sólo a su persona, sino a cualquiera de los analistas del Banco ¿Cómo era posible que no tuviese ya definida una fecha y una tasa perentoria para esa cuenta? Su misión estaba fijada. Debía viajar de urgencia a Costa Blanca y traer una fecha y una tasa adecuada. Y por esta vez, nada de retornos para su amigo. El Banco sería quien pondría las condiciones. Abandonó el Banco pasadas las tres de la tarde, llegó a su casa y comenzó a preparar su valija. Ya tenía reservado el pasaje para las primeras horas del día siguiente. Odiaba viajar de urgencia, eso le impedía seguir su meticulosa rutina, y programar las actividades de sus subordinados durante la ausencia. Pero esta vez no podía evitarlo estaba furioso y quería volver rápidamente a Nueva York con el tema solucionado. Estaba dispuesto a presionar a Hortigoza para achicar los plazos y exigirle una tasa leonina. Sabía muy bien que este préstamo era sólo el comienzo de un plan a largo plazo, los burócratas costenses tendrían otras oportunidades de engrosar sus arcas personales. Esta vez el rigor debía imponerse.

viernes, octubre 27, 2006

Yo quiero mi pedazo

Sólo EEUU tiene más dólares por habitante que la Argentina

"...Con un promedio de US$ 1.300 , la Argentina sigue siendo el primer país del mundo (excluido EEUU) en tenencia de dólares per cápita..."

Lo precedente es el titular y un fragmento de un artículo que leí hoy en El Cronista Comercial (una de las actividades que más detesto de mi laburo). A lo que iba, leer esto me dejó una sensación bastante particular, me hizo pensar sobre qué significa este dato. Es un indicador económico importante, quiere decir que estamos amarrocando a lo pavote, la pregunta es ¿dónde están los 1.300 que me corresponden? Digo, porque no va a ser la primera vez que el Estado o alguno de sus amigotes se queden con lo que era nuestro. Es más sin mucho pensar ya se que nunca voy a ver la luca trescientos que supuestamente me toca.
Como les decía esta lectura me dejó una sensación rara, un cosquilleo, una intriga. ¿Somos tan giles como para leer esto como una buena noticia? Evidentemente para los lectores de "El Cronista" si, y me apena ser uno de ellos, aunque obligado. Esto no es más que la prueba cabal que la historia no cambia, que la Patria Socialista es cada vez menos posible. Mucho menos cuando los zurdos son conservadores y los conservadores son fundamentalistas. Cuanta hipocresía! Y para colmo vamos a tener al menos cuatro años más de esta farsa.
Porqué posteo esto? No se, supongo que es la necesidad de saber que no soy el único al que le meten la mano en el bolsillo y se queda impávido.
Solo me queda el consuelo de saber que no voté a este chanta... soy barato, me consuelo con tan poco...

"...todos sabemos los males
que hay donde estamos parados,
por culpa de unos tarados
y unos cuantos criminales."

(San Jauretche - Los Piojos)

miércoles, octubre 11, 2006

"...una bala no puede terminar el infinito..." II

Gentes:
Gracias por pasar y dejar sus rastros y opiniones.
Les cuento que aunque mi panza burguesa no lo demuestre soy un temprano admirador del Che. Recuerdo que a los 10 años Martín "Betún" Sequeira, un compañero de 5to grado, me contó quien era ese tipo barbudo y de boina que estaba en un poster sobre su cama, yo en ese momento tenía un poster de Alf sobre la mía. Betún es el zurdo más joven y convencido que he conocido. Muchos años después me lo encontré en un local de la IU y retomamos contacto. Este pibe, sin saberlo, influyó muchísimo en mi. Me presentó al Che... no es poca cosa carajo!
Mi primer y única remera del Che me la hice a los 14 años. Como bien leyeron la hice, no la compre. El "merchandasing revolucionario" en aquel entonces no era tan común como hoy. Cargué una escalerita en la bici y pedalee hasta la Facultad de Derecho donde calqué una pintada para armar el ícono, lo reduje por partes en una fotocopiadora, agarré una remera roja gastadisima y lo demás sale por lógica. La lucí orgulloso durante un par de años a pesar de las caras de desaprobación de algunos profesores y adultos circundantes. También tengo que decir que Física de 3er año se la debo a esa remera. Sepúlveda ,"el chileno", me hizo un guiño el primer día de clases cuando me la vio puesta. En ese momento entendí que ya había aprobado la materia y ganado un amigo. El chileno me contó un montón de cosas sobre Chile, Pinochet, el Estadio y Jara. Creo que ese año aprendí muy poco de Física, pero empecé a aprender otras cosas.
No se dónde quedó aquella remera, siempre fue mi favorita. Se que gracias a Betún, el Chileno y Martita (una auténtica revolucionaria que vivió Cuba y me la enseñó) leí mucho sobre la Revolución, Fidel, Cuba y el Che, y aprendí a quererlo y admirarlo. Pero mucho más allá de una idea política con la que en muchas cosas no concuerdo. Mi admiración por el Che es netamente humana. Es un ejemplo de coherencia que pocos mortales pueden emular.
Hoy veo remeras del Che en todas las esquinas, o vestidas por estrellas internacionales del pop y siento lástima por no poder usar una, porque esa remera ya no significa lo que significó para mi. El Che no cambió, sigue siendo el mismo, su mito se agiganta todos los días, pero sus actos siguen siendo los mismos. La interpretación que hoy se tiene de su figura no es la que debería ser, y supongo que en algún lugar del limbo el pobre tipo se debe estar arrancando los pelos al verlo. Seguramente yo también cambié. Quien no cambia? Pero a pesar de esos cambios sigo mirando al Che como el Nuevo Hombre al que todos deberíamos aspirar. Es inalcanzable, porque Che hubo y habrá uno solo, pero siento que es mi deber admirarlo.
Mil veces me pregunté cómo sería la historia si el Che hubiese llegado a la Argentina, si Bolivia no hubiese sido fatal. Nunca lo sabremos y sólo podemos conjeturar, pensar que hubiésemos sido dignos del Comandante, cosa que dudo. El Che es el mito perfecto: joven, inteligente, buen mozo, querible, amable, idealista, decidido, valiente y gracias a la CIA y los Rangers lo será hasta que la humanidad viva, ya que lo privaron de la posibilidad de decepcionarnos. Se que no lo hubiese hecho. Es una de las pocas certezas a las que he llegado al día de hoy.

Bueno, esto intentaba ser una respuesta a las firmas del post anterior, pero se abrió el arcón de los recuerdos y quise compartirlo con ustedes en extenso, así que lentamente se transformó en un nuevo post.
Una vez más muchas gracias por pasar y opinar.
Muchas gracias también por alentar y adular falsamente mis intentos.



Nota: Correspondería firmar con un "Hasta la Victoria! Siempre", pero no somos dignos de eso, y convertiríamos este post en la cara del Che pintada en el bolsillo trasero de un jean de mujer que cuesta unos $250. Así que si me disculpan, este va sin firma.

PD: Gaby... lo de las cervezas negras para lo' mayore' (Lara dixit) se entiende. Lo que no entiendo es lo de "las cindor para los pebetes". El nano sigue siendo uno solo. Hay más pibes de los que uno contabilizaba?

lunes, octubre 09, 2006

"...una bala no puede terminar el infinito..."


Carta de Haydée Santamaría al Che Guevara, escrita después del asesinato del Che en Bolivia

Hasta la victoria siempre,

Che querido Che: ¿dónde te puedo escribir? Me dirás que a cualquier parte, a un minero boliviano, a una madre peruana, al guerrillero que está o no está pero estará. Todo esto lo sé, Che, tú mismo me lo enseñaste, y además esta carta no sería para ti. Cómo decirte que nunca había llorado tanto desde la noche en que mataron a Frank, y eso que esta vez no lo creía. Todos estaban seguros, y yo decía: no es posible, una bala no puede terminar el infinito, Fidel y tú tienen que vivir, si ustedes no viven, cómo vivir. Hace catorce años veo morir a seres tan inmensamente queridos, que hoy me siento cansada de vivir, creo que ya he vivido demasiado, el sol no lo veo tan bello, la palma, no siento placer en verla; a veces, como ahora, a pesar de gustarme tanto la vida, que por esas dos cosas vale la pena abrir los ojos cada mañana, siento deseos de tenerlos cerrados como ellos, como tú. Cómo puede ser cierto, este continente no merece eso; con tus ojos abiertos, América Latina tenía su camino pronto. Che, lo único que pudo consolarme es haber ido, pero no fui, junto a Fidel estoy, he hecho siempre lo que él desee que yo haga. ¿ Te acuerdas?, me lo prometiste en la Sierra, me dijiste: no extrañarás el café, tendremos mate. No tenías fronteras, pero me prometiste que me llamarías cuando fuera en tu Argentina, y cómo lo esperaba, sabía bien que lo cumplirías. Ya no puede ser, no pudiste, no pude. Fidel lo dijo, tiene que ser verdad, qué tristeza. No podía decir "Che", tomaba fuerzas y decía "Ernesto Guevara", así se lo comunicaba al pueblo, a tu pueblo. Qué tristeza tan profunda, lloraba por el pueblo, por Fidel, por ti, porque ya no puedo. Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos veríamos así que ese hombre nuevo es la realidad, porque existe, eres tú. Que más puedo decirte, Che. Si supiera, como tú, decir las cosas. De todas maneras, una vez me escribiste: "Veo que te has convertido en una literata con dominio de la síntesis, pero te confieso que como más me gustas es en un día de año nuevo, con todos los fusibles disparados y tirando cañonazos a la redonda. Esa imagen y la de la Sierra (hasta nuestras peleas de aquellos días me son gratas en el recuerdo) son las que llevaré de ti para uso propio". Por eso no podré escribir nunca nada de ti y tendrás siempre ese recuerdo.
Hasta la victoria siempre, Che querido.
Haydée

miércoles, septiembre 27, 2006

"...si volvieran los Dragones..."


"...estar desaparecido quiere decir que no lo encontramos..." Dijo el Gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá.
Al escuchar esto un sudor frío me recorrió la espalda. Verlo comentándolo, con sus bigotes, me hizo recordar a Videla explicando el significado de la palabra "desaparecido". "...que no está..." ejemplificaba enérgicamente el dictador.
Tuvimos treinta mil ejemplos, o "...doce mil siendo generosa..." según María Cecilia Pando, para entender el significado de la palabra "desaparecido" y al día de la fecha el gobernador del mayor distrito del país no sabe explicarlo. Como tampoco puede explicar el porqué de la desaparición de Jorge Julio López, el porqué de su indefensión, el porqué de una negligencia casi cómplice.
Ignoro un montón de cosas. No se que estaba haciendo Felipito hace treinta años. Asumo que estaba recorriendo las estancias de su familia patricia, o correteando por los establos a las hijas de los peones, no lo se. Sería lógico pensar que hace treinta años Felipito debería haber sido un hombre comprometido con las causas sociales, uno supone que así se llega a gobernador. Pero suponer no me aclara el pensamiento. Felipe debería poder explicarnos con claridad el porqué de una desaparición en plena democracia, hoy. Y no es la primera. Porque hubo otras, pero esta era previsible, él debió preverlo, y no tomo las previsiones del caso.
No creí que a esta altura del campeonato iban a pasar estas cosas. Nunca pensé que gente como "la Pando", Grondona y tantos otros iban a tener la pantalla que hoy tienen. Tampoco creí posible que hoy sigan existiendo "zonas liberadas" y complicidades tan evidentes. No quiero creer en la posibilidad de un pacto de partes. Un arreglo, como ya los hubo.
"...si volvieran los dragones a poblar las avenidas, un planeta que se suicida..." Dijeron Fito y Sabina, y yo creí que exageraban.
Es muy triste que treinta años después, un representante de nuestro Estado tenga que volver a explicarnos el significado de la palabra "desaparecido".

miércoles, agosto 30, 2006

De silencios, omisiones y hojas en blanco


Que me falten las ideas nunca fue una novedad, ahora, que me falten las palabras es algo que me preocupa. No porque sea un tema de vida o muerte, simplemente porque el hablar , o escribir al pedo, es algo que siempre me resultó casi muy fácil. Y hoy no me sale.
Quiero escribir, quiero decir cosas. Me gustaría poder encontrar una historia nueva, interesante que no sea repetida, pero no la encuentro. Hoy estoy acá, con la hoja -la pantalla mejor dicho- en blanco, sin más ideas que el saber que no tengo ideas.
Una vez leí por ahí que todas las historias pueden resumirse en cuatro historias, un viaje, la muerte, el amor y el desamor. Creo que en realidad las temáticas son tres, porque para mi el amor y el desamor son una misma fuerza con direcciones opuestas. Todo lo demás es poco original, todo lo demás son variantes sobre estas tres o cuatro propuestas. no voy a ser justamente yo quien invente el nuevo postulado, así que si alguno se había ilusionado leyendo estas líneas, en que se me había ocurrido algo nuevo lamento defraudarlo y le comento que eso no pasó ni pasará.
Veamos, sobre la muerte ya escribí sin mayores sucesos ni éxitos. De viajes tengo suficientes en mi haber como para pensar en alguno nuevo y más complicado que los míos, no me parece un tema productivo. Sobre el desamor escribí demasiado, y admito que es mi beta fuerte, no por haber sido desgraciado, todo lo contrario. Creo que es mi propensión a querer ser la víctima es la que me pone en una posición oportuna para imaginar más desgracias de las que realmente vivo. Se que mi déficit está en conseguir algún relato sobre el amor. Sobre el amor y la felicidad de un tipo que se siente afortunado. Pero eso me cuesta mucho, no me sale, se niega a salir. Como otras palabras se niegan a ser pronunciadas por miedo, por recato o por prudencia.
Seguramente ustedes estarán de acuerdo conmigo en que hay cosas que es mejor hacerlas que decirlas. Sólo alguien muy necio pensaría que lo contrario es lo mejor. Trabajo a diario para ser consecuente con esto, y muchas veces me convenzo de que hago todo lo que corresponde y que mis actos hablan por mi, pero después me asaltan las dudas sobre las interpretaciones de los destinatarios de mis actos y mis intenciones para con ellos.
¿Qué tiene que ver esto último con mi síndrome de la hoja en blanco? Se preguntarán ustedes. Supongo que algo, o bastante, no lo se. Si se que quiero decir cosas y no me salen, quiero escribir cosas y no se me ocurren. En algún punto están vinculadas las dos imposibilidades. Así que a falta de ideas y palabras propias, intentando encontrar un paralelismo entre mis actos mis pensamientos y mis omisiones, los dejo en compañía de un muy buen cantautor mejicano que por momentos entiende mis ideas y necesidades mejor que yo mismo.



Ay Amor
(Fernando Delgadillo)

Difícil cosa que es hacerte una canción
donde poderme apoyar con frases cortas
y una que otra prueba es tanto lo que juzgo
certidumbre pero no lo ves
y es tanto lo que tienes al revés
y es tanto luego el desencanto en la cuestión
y sigue siendo tan pequeña mi canción

Mira mis manos cuando menos de éstas
llevo encima un par
se embolsan y se tienden a alcanzar
y alguna de ellas
tan fiel y tuya como yo se esfuerza tanto
en ofrecerte más caricia y no definición de amor
si acaso una violeta y tiempo
para descansar la tuya
cuando deja de jugar

Ay amor amor!
No sólo tengo manos
tengo un corazón dispuesto
y justo en medio de él
tengo una pálida sonrisa de ansiedad
tengo tu nombre a flor de labios.
Y otra cosa
tengo tanto que mirar bajo tu escote
y tengo un poco
y tengo más de que pensar
cuando supones que eres agua que anda y corre
y se avecine y se arremonte
serpenteando y yo con esta sed que tengo,
con esta sed de ti mujer.

Sigo pensando que es difícil de lograr
decir te quiero sin que suene a hoja en blanco
o a palabra ocasional,
digo un te quiero de soldado
de guitarra y pelo largo.
Porque creo en ello
porque tengo un credo
y tengo la verdad enfrente
si te veo como patria
y el deber de caminar amándote
de ser yo mismo para ti para teñir
una y mil veces en mi frente
Tu reflejo tricolor
¡Ay amor!

miércoles, agosto 02, 2006

Un grande entre grandes




Autor de frases como "...ay Dios! dijo una vieja, y estaba arriba de un viejo...", Walterio Bellabarba, Richard para los amigos, ha sido una figura fuertemente influyente en mi adolescencia y juventud.

Simplemente eso... un homenaje...
Richard, sos grosso... sabelo!

martes, julio 25, 2006

Sueño compartido


Era la cuarta o quinta vez que veía la película y seguía encontrando guiños y detalles que la hacían interesante, aunque en realidad esta vez su atención estaba puesta en otro lado. La película seguía su secuencia inalterable, una chica soñadora en un mundo frío buscando al amor de su vida, su alma gemela, que la esperaba en algún lugar de una Paris hermosa. Él miraba de a ratos, por momentos miraba el techo mientras su mano derecha insistía en acariciar el hombro de ella, dormida. Suspendida en el tiempo.
No fue mucho más allá de los quince minutos de comenzada la película el momento en que ella se entregó a un sueño pesado y profundo. Él lo notó en su respiración dificultada por la congestión. La frecuencia de las inhalaciones fue bajando hasta alcanzar un ritmo lento, constante y trabajoso. Pensó en despertarla, la película valía la pena y él estaba viéndola sólo por el hecho de compartirla. La despertaría con un beso, o corriéndole el pelo de la cara, con palabras suaves y sugestivas. O le propondría pasar a la cama, era cuestión de caminar unos pocos pasos para canjear el apretujo del sillón aplastado por la amplitud de un colchón de resortes empeñados en hacerse sentir.
Estuvo a punto de despertarla, pero no lo hizo. Prefirió observarla desde la poca perspectiva que brinda el abrazo estrecho. La observó durante largos minutos, respiraba profundamente y entre sueños musitaba un quejido lejano y sordo, le intrigaba saber qué pensaría, qué pena la aquejaría, pero no tuvo el valor de despertarla para preguntárselo, y siguió contemplándola, el calor de su piel bajo la frazada era motivo suficiente para no interrumpir su sueño.
Continuó con las caricias de ritmo cansino, recorrió sus hombros y su espalda, se detuvo por unos momentos en ese lunar, el de la clavícula derecha, ese lunar que es su marca personal y su referencia. Ahora sí le corrió el pelo de la cara y le pasó suavemente los dedos por sobre una ceja y los perdió detrás de su oreja. El rito se repitió durante un tiempo que él decidió como indefinido. Ella dio respingos y pareció despertar en algunas oportunidades. Él se encargó de serenarla y besarle los párpados para que su sueño no se agote. Y su dicha tampoco.
Los créditos de la película lo distrajeron, notó que hacía un rato largo que había dejado de mirar hacia el televisor, y mucho más tiempo había pasado desde que no miraba a la ventana, donde ahora, el rojizo del cielo anunciaba un atardecer húmedo. La abrazó con un poco más de intensidad, la estrechó contra su cuerpo y cerró los ojos. No buscaba dormirse, buscaba ignorar el paso del tiempo.
Ella hizo un movimiento brusco, como un reflejo nervioso, y se acomodó en su pecho. Él la miró nuevamente esperando que no se dé la lógica, que se empecina en funcionar lógicamente. El reflejo se repitió un poco más violento, él supo que sobrevendría lo inevitable y cedió fuerzas en el abrazo.
Ella despertó.
Él supo que debía volver a la realidad.
El reloj, cruel como siempre, volvió a su rutina.
Pues el tiempo no para (José Saramago)
Pues el tiempo no para, nada importa
que los días vividos aproximen
el vaso de agua amargo colocado
donde la sed de la vida se exaspera.

No contemos los días que pasaron:
fue hoy cuando nacimos. Sólo ahora
la vida comenzó, y lejos aún,
la muerte ha de cansarse en nuestra espera.

lunes, julio 03, 2006

Libre albedrío?


Habiendo superado ampliamente el mes sin escribir algo por acá, y viendo que la cosa no avanza voy a empezar a afanar, redondamente, a diferentes changos solamente como para intentar decir algo que no se me ocurre cómo hacerlo, y que tengo acá atravezado, y me da vueltas. Se niega a salir.

Hoy el Bolg de Gaby (http://gabylog.blogspot.com/2006/07/be-still-my-beating-heart.html - es fundamental leerlo para saber a que me refiero) mostró un texto impresionante, que más allá de ser electrizante de principio a fin, propone una duda... existe el libre albedrío? Pedazo de pregunta! Desde ya que no pretendo ser yo quien la conteste, no tengo siquiera la caradurez de proponemelo. Pero bien, algo quiero decir, y no me sale. Así que recurro a las palabras de un amigo entrañable (algún día le voy a tener que agradecer unas cuantas cosas, y sobre todo, le voy a hacer saber que secretamente es mi amigo), el Negro Alejandro Dolina, quien en su programa de radio ("La Venganza será terrible") dijo algo así como:

"El verdadero milagro de la vida no es encontrarse con uno mismo, que después de todo no es más que una paradoja de quinta... Lo importante es encontrarse con alguien. Esos efímeros puentes que dentro de este mundo de islas algunos suelen tender; efímeros porque duran muy poco y hechos quizas de la misma materia de la que están hechos los sueños.
Por ahí, cada tanto, en esa horrenda soledad que es la vida, uno liga un puente. Un puente que se puede tejer con un cariño o con un amor; quiere decir que en este mundo donde todas las citas son fallidas, o casi todas las citas son fallidas, en donde casi todo consiste en ir a esquinas donde nadie acude, en donde casi todos los encuentros fallan. Mi vida es ir a buscar y no encontrar, y es así... Salvo alguna que otra vez, como flechas luminosas en la noche, en que uno va a una esquina y hay alguien, bueno... yo creo que eso merece festejarse y festejarlo con dignidad, y hacer digno ese pequeño puentecito que se ha tendido.
Solo una vez en la vida de un hombre pasa un centímetro cúbico de suerte y solo la pescará el que este todo el tiempo atento.
Nos toca solo un cachito de suerte en la vida y el peor de los pecados es dejarla pasar. Hay que estar atento a las señales, atento a las citas, que se cumplen pero son muy pocas, atento a los sueños que se dan, pero son muy pocos...."

No se si existe el libre albedrío. Si el destino está escrito ¿quién sabe?. Solamente se que hay días en los que me siento dueño de mi vida y de mis actos. Otros días creo ser la pluma de Forest Gump, volando a antojo del viento.
Sentí muchas veces esas palpitaciones nerviosas, a las que se refiere Gaby, a la hora de tomar decisiones. Y por suerte las he tomado. Si consumí más latidos de los que la prudencia indica, mala suerte. Algunas veces en joda, otras en serio, digo que a este ritmo no llego a los cuarenta. Bien.
Si no llego, porque consumí todos mis latidos en ese tiempo, será porque viví intensamente. Será porque vi los puentes de los que habla el Negro Dolina, y los construí y se cayeron, o no, pero nunca los miré y me quedé de este lado sin animarme a cruzar. Por suerte otras personas también se animaron a cruzarlos, o me dieron una mano en la ingeniería del puente compartido, y hoy tengo algún latido extra gracias a ese fiado tan generoso.
Si existe el libre albedrío es una pregunta demasiado grossa para mi. Solamente se que agradezco los puentes, los construidos de a dos, los que tuve que contruir solo, los que necesité derribar y a los transeuntes que por ellos pasaron, y ojalá sigan pasando. Voy a seguir consumiendo latidos. Construyendo puentes, tirándolos cuando así sea necesario y llegado el caso, cruzaré a nado.
Si la intensidad de mis días demanda más pulsasiones de las que dispone el destino para mí. Tengo una decisión tomada.
Viviré como cuando compraba caramelos de pendejo"por todo lo que me alcance ".

viernes, junio 23, 2006

A falta de ideas, buenas son las fotos


Una vez más no tengo nada para traerles, así que me limito a dejarles una muestra de lo necesaria que es para mí una cámara digital (pero una de las buenas!).
Evidentemente me tengo que comprar una, pero bien es sabido por todos ustedes que no llego al monto necesario.
Es por ello que recurro a la solidaridad de los presentes y les solicito tengan a bien enviar sus donativos para esta noble causa.
Estoy convencido de que no tardarán en llegar... a montones!

Qué buena foto!!!!! Aunque con esa modelo cualquiera se hace el fotógrafo.
Es linda "...pobrecita!!!... es muy chiquita..."

Besos y abrazos para todos

Tío Cocco

miércoles, junio 14, 2006

Efemerides

Hoy es miercoles 14 de junio de 2006
Un día como hoy pero de ...
1864 - nace Alois Alzheimer, científico alemán.


Iba a publicar otra cosa, pero no me acuerdo qué... :$

Kico
PD1: Perdón, se que es malo el chiste, pero no pude contenerme.
PD2: Otro dato interesante es que en 1942 se estrenaba "Bambi", película de Walt Disney.
PD3: Volverá mi sombra? Se está tardando mucho.

martes, junio 06, 2006

Volvedor

Hace unos cuantos días que busco una excusa para pegar esta foto y no la encuentro. Pensé en alguna historia de ausencias y separaciones, pero no, me pareció que era un lugar demasiado común, es lo primero que uno piensa cuando ve la foto, "a esa mesa le falta una sombra". Y si, fue la idea cuando saqué la foto. Pero no es una sombra ausente, por ausencia, es mi sombra que vaya uno a saber por dónde andaba ese día.
Así que después de mucho pensarlo me acordé de un cuento de Abelardo Castillo, quien abandona su vida rutinaria de literato aburrido (qué pretencioso lo mío!) y la cambia por la de un malevo, y me dije: eso le pasó a mi sombra! anda por ahi buscando una historia para contar, viviendo una vida que no es la mía, juntando experiencias más interesantes que las propias para darme la oportunidad de escribirlas o de contarlas, o al menos de disfrutarlas para mis adentros.
No se si Evaristo Garay es demasiado pedir, pero me gustaría que mi sombra haya encontrado algún personaje intenso, corajudo y cojonudo. También espero que en no muchos días la muy desamorada vuelva por estos pagos, se meta en mi casa y de un momento a otro me descubra desbordado por esas ansias de escribir antes de olvidarme de las ideas, sentado a la mesa con el mate a mi derecha y la sombra jorobada de quien escribe proyectada sobre la mesa.

Les dejo el cuento de Abelardo Castillo. Es larguito, pero vale la pena, y mucho.
Besos y abrazos para todos
Kico

Volvedor
A Julio Cortázar
y a usted, Borges,
y perdón si los salpiqué.
I
El oficio de guapo es un oficio como cualquier otro. El coraje, ahora lo sé, tiene la paciencia larga; necesita práctica. Hay que adiestrarse en la mirada torva, ladina, en el gesto pausado, en el áspero monosílabo hecho de ambigüedad y amenaza para llegar con exactitud, si la Virgen lo permite (porque la destreza de la mano depende, en la mitad de los casos, de un secreto favor suyo), para llegar, repito, a la decisiva matemática de dos puñaladas en un boliche o un patio.
Esto lo sé porque yo soy Evaristo Garay. Antes, cuando me daba por la literatura, cuando era pálido y usaba anteojos gruesos, de carey negro, y leía a lord Dunsany, me llamaba de otro modo. Y muchos me han visto discutiendo de carburadores y metempsicosis en La Biela Fundida, en Palermo, o sentado en la Jockey frente a un mazagrán, asegurando que Borges –con licencia– nunca vio un orillero de verdad ni en foto, pero escribir, escribe lindo. Estaba diciendo, digo, que ahora me llamo Evaristo Garay, el que supo sen-tarlo de un planazo al comisario Bozzano en la casa de baile de María Sosa, allá en San Pedro; el mismo Evaristo Garay que ahora se juntó para siempre con la Rosario; yo (devoto de la Virgen de Pompeya), que anoche, en el almacén de Barbieri, maté de tres balazos en la cabeza al chino Aldazábal.
Todo empezó cuando el último verano caí desprevenida-mente por Baradero y pregunté en un boliche de la costa si nadie conocía al chino:
–Busco al chino Aldazábal –dije, limpiándome los anteojos.
Siempre que estoy nervioso me limpio los anteojos, esto lo se. Lo que no sé es por qué dije que buscaba al chino. En realidad yo venía a preguntar por un tal González y, aunque al principio me pareció lo mismo, después supe que no, que no era lo mismo. Porque yo, de entrada nomás, llegué y pregunté por Aldazábal.
El patrón me miró. Era un tipo impresionante; sus hombros, enormes, asomaban detrás del mostrador como dos moles; en el medio, rapada y poderosa, había una cabeza. Se quedó mirándome y después que se le fue el sueño levantó una ceja.
Si yo me hubiera ido entonces, antes que levantara la otra ceja, no habría pasado nada; pero yo no me fui y el monstruo, sor-prendido, levantó la otra ceja. Sorprendido o asustado. O contento. Después abrió la boca y se enojó con mi madre. Pero no se enojó: lo dijo como si yo acabara de hacerle una secreta broma y él la estuviera festejando. A su modo, claro. Luego, abrazándome por encima del mostrador, me juró que los años no pasaban para mí, para Evaristo Garay, que él sabía que yo iba a volver aunque Aldazábal hubiera dicho que me balearon en la frontera, y que nunca me habría reconocido con esas ropas de cajetilla, a no ser –según aseguró– por esta pinta de rufián que Dios me ha dado, y que Barbieri no se olvida de los amigos.
Ya he dicho que en ese entonces yo era algo literato; por lo tanto, nunca fui demasiado original. De inmediato pensé: sueño. Pero los brazos de Barbieri, fraternal y peligrosamente me demostraron que no, que no era un sueño. Más tarde supe que era algo mucho más vertiginoso que un sueño, pero, por el momento, sólo sentía que el gigante me estaba haciendo mal en la espalda. En la cicatriz esa que tengo en la espalda.
–Ellos cruzaron a Gualeguaychú –dijo después–. Fue-ron a traer la medicina.
Y se rió. Yo también me reí; esto, al menos, lo entendía: la medicina eran drogas. Yo había venido al bajo justamente por eso. Estaba escribiendo una nota con contrabandistas, subprefectura y moraleja social. Necesitaba documentarme. El comisario de San Pedro me había dicho que, en la ribera de Baradero, un tal González –el chajá, que le decían– "operaba en esos chimisturrios", que si me animaba, fuera: él, lo más que podía hacer era prestarme un vigilante. Yo dije gracias y acá estaba. Y ya había decidido volverme cuando sucedieron dos cosas: el gigante que me alcanza un vaso de ginebra; yo, desprevenido, que me la tomo quién sabe por qué, por darme ánimos tal vez, y una puerta que se abre, arriba, en el remate de la escalera.
–Mira –dijo Barbieri.
Miré y la vi por primera vez; era la Rosario. La Rosario que en seguida me reconoció y dijo vos acá, Evaristo, y me miraba tierna, tan tierna que yo, a causa de la ginebra y de esa ternura, dije que sí, que estaba ahí, de vuelta. Y antes de que pudiera agregar nada, ella se encerró en la pieza, como si fuera a llorar.
El patrón seguía sonriendo; me alcanzó otra ginebra y se quedó estudiándome. No sé si por taparme la cara (porque ahora yo no quería explicar nada) o porque la ginebra, aunque marea, siempre me gustó, me llevé el vaso a la boca y me lo tomé. Me asombró un poco mi propia voz:
–¿Cuándo vuelven?
Él dijo que tenían lo menos para dos meses. Después dijo:
–Que alegrón –y el aumentativo, con el tono en que fue dicho, resultaba una intencionada, amenazante paradoja se va a pegar el chino cuando te vea.
Si esas palabras me sonaron extrañas, no lo fueron mucho más que las mías.
–Sí –dije–. Qué alegrón.
Tal vez se trataba de que Aldazábal, al verme, se iba a enterar de que yo no era el que parecía; pero no sé por qué se me ocurrió que el otro podía alegrarse de eso.
Usted, en cambio, sí lo hubiera sabido, Evaristo Garay.
Barbieri estaba diciendo:
–La Rosario también parece contenta. Levantó la vista; yo también. La puerta de la pieza, arriba, había quedado entreabierta.
–Y, ¿no vas a subir a verla?
Entonces, al mirar hacia arriba, fue cuando me acomodé el pantalón. Me lo acomodé a dos manos, metiendo los pulgares en el cinto.
–¿Y pa qué te crees vos que volví? –me oí decir.
El "pa" me salió solo; el tono, el gesto, me salieron solos. Después estaba arriba y, aunque no soy hombre de ventajear a nadie y menos trampeando a una mujer como aquélla, como la Rosario, la tumbé sobre la cama y me convencí de que ése era mi sitio, que todo venía de muy lejos, de antes, cuando Aldazábal y yo, pelean-do en yunta, nos jugábamos por esta morocha en La Colorada y en yunta la alzamos del baile, y él, porque le correspondía, se quedó con ella, esta morocha que ahora me estaba diciendo entre lágrimas, nunca creí que te hubieran muerto en la frontera ya sabía que a vos nadies, y después no habló más y al mucho rato se me quedó dormida entre los brazos, alborotando la almohada con sus crenchas negras.
II
Mi memoria suele ocasionarme disgustos. Generalmente re-tengo –o invento– detalles nimios, imágenes aisladas, un gesto a veces o una palabra, y se me escapan sin remedio los hechos históricos. Será por eso que de toda la primera semana que pasé en el bajo (porque me quedé, Evaristo Garay, y usted me miraba desde los espejos, aprobando mi espera), sólo recuerdo algún áspero trago de caña, que a lo mejor fue el que me hizo perder el miedo, y recuerdo que empezó a dolerme la cicatriz esa que tengo en la espalda –la que me hice en la rotonda de Palermo, una noche, con la moto– y pensé la humedad o el cansancio. También evoco una manera de caminar que me gustó, y la sensación, que no me gustó, de estar haciéndole una porquería a alguien. Esos días anduve mucho, vi, pregunté y aprendí mucho. Me pareció que Aldazábal no se iba a alegrar ni medio cuando volviera de Gualeguaychú (por dos motivos, claro, pero yo entonces sólo conocía uno), no se iba a alegrar de verme ni de que me confundieran con Evaristo Garay, a quien el chino siempre quiso como a un hermano, más que a un hermano, como tampoco se iba a alegrar mucho si alguien lo ponía al tanto de lo que estaba pasando allá arriba, en la pieza de la Rosario. Por eso digo lo de sentir que estaba haciendo una porquería, máxime cuando supe que la parda siempre le había jugado limpio al chino, menos esta vez, cuando yo vine al bajo a terminar cierto asunto que empezó una noche de 1957, en la frontera, noche en que la policía se apareció de golpe allá adelante, entre los juncos, y Evaristo sintió un estruendo a su espalda y cuando quiso sacar el cuchillo ya tenía la boca llena de barro.
De modo que me quedé. Al principio me quedé por la Rosario. Después debí de tener otros motivos porque una noche ella me dijo "Vámosnos, Evaristo" y yo le dije que no. Todavía no, le dije, y a lo mejor era que pensaba irme solo, antes que pasara alguna cosa grande, o a lo mejor quise quedarme porque seguía con la idea de escribir mi artículo con moraleja, o vaya a saber. La cosa es que me quedé. Y supe que la historia del chino Aldazábal, la parda y Evaristo, en todo caso, ya estaba escrita. No resultaba ni más equívoca ni menos matrera que aquella otra, venerable, compilada por un escriba del Faraón, hace treinta siglos, historia que acaso leyó Moisés y en la que hay una mujer que es malvada y miente y un hermano espera a otro detrás de una puerta, con un hacha.
En esta que yo me sé el triángulo es ribereño pero igual de confuso, sólo que la mujer no es mala y que Evaristo no era hermano de Aldazábal, sino su casi hermano, su mejor amigo, por lo menos mientras lo fue.
Según me contó la gente del bajo (o debo escribir me recordó, pues todos los relatos empezaban "te acordás, Garay"), parece que Evaristo y Aldazábal solían pelear juntos, desde muchachos. Me salteo homicidios menores, y digo aquél del baile en La Colorada, que, si no me han mentido, se llamó así después del estropicio, por la sangre que anduvo por el piso aquella noche:
Evaristo estaba recostado en el mostrador, mirando. Su casi hermano, prendido como chuncaco, bailaba con la muchacha, una morocha nuevita y asustada que (aunque aún no lo sabían) se llamaba Rosario y estaba destinada a que acontecieran planazos donde ella metía sus ojos azules, raros, medio grises. Usted la miraba, Evaristo Garay.
Entonces apareció un grandote y le tocó la espalda al chino. Tenía voz de mamado cuando habló:
–No se pegue, que no es dulce –dijo. Aldazábal, sin darse vuelta, dejó de bailar; después, arreglándose el pelo detrás de la oreja, preguntó:
–¿Bastonero, el hombre?
La música se cortó de golpe; un acordeonista ya metía la mano por atrás, a la altura de la faja. Los ojos de Aldazábal y su hermano se encontraron. Yo, que escribo esto porque alguien me lo contó, recuerdo esa mirada. El grandote dijo:
–Bastonero no: sampedrino.
Y los mirones (menos Evaristo, que seguía apoyado en el mostrador, aunque un poco más cerca de la puerta) empezaron a arrimarse, y había manos con brillo a fierro. Porque ser sampedrino quería decir ser guapo, y Aldazábal, en ese momento, pudo decir que también lo era y aquí no ha pasado nada. Pero Aldazábal –yo lo sé– nunca fue hombre de arreglar las cosas con conversación. Dijo pior pa usté y le ordenó a la chica:
–Vaya, espéreme afuera: dos tordillos hay. Vaya, le digo.
La dejaron irse; el grandote también, porque una mujer estorba. Al pasar junto a Evaristo, ella tenía una cara de susto que le gustó al hombre. Sin apuro, Evaristo le preguntó:
–El grandote, ¿cómo se llama? Ella se lo dijo.
Y antes de que la cancha se cerrara en torno de Aldazábal, una voz autoritaria, desde la puerta, pegó el grito:
–¡Lisandro!
La distracción del grandote, de Lisandro, duró un segundo. Después estaba boca abajo sobre la pista de tierra, con un tajo del ombligo al esternón. Lo que siguió también fue breve.
1 Almacén y villa en los alrededores de San Pedro, cercana de aquella llamada Los Dos Machos, cuyo nombre remite al truco y, quizá, también a los protagonistas de esta historia.
Evaristo abrió cancha desde atrás, a los gritos, atropellando a los que se daban vuelta; Aldazábal encaró de punta. En el medio se juntaron, espalda con espalda buscando la puerta. Y a partir de ese momento, el boliche empezó a llamarse La Colorada.
Rosario los esperaba afuera, azarosamente junto al tordillo de Evaristo, quien de un salto se la llevó en ancas. Y allá salieron los tres, delante de la polvareda.
En la disparada, Evaristo sentía las uñas de la parda, cla-vadas en su cuerpo. Y era lindo. Pero fue la única vez que las sintió, porque la muchacha era del chino, de su casi hermano; por más que él, Evaristo Garay, se acordaba de aquella disparada cada vez que lo veía entrar al chino en la pieza de arriba. Y no quería acordarse. Después la historia se entreveraba. Se entreveró del todo, el día que Evaristo se dio cuenta de que la mujer no lo quería al chino, que a él lo quería. Desde que le sentí las uñas supe que ella me quería.
III
No sé si dije que a partir de la primera semana empezó a pasárseme el miedo. Natural. Yo pensaba desaparecer, con la mu-chacha o sin ella –más bien creo que sin ella–, unos días antes de que la gente volviera del Gualeguaychú. Además sentía que en aquel sitio yo estaba tan seguro como en la Jockey, y bastan-te más que en La Biela (que fue allí en la rotonda donde casi me mato una noche, la noche del 5 de enero del 57, y de allí me quedó, como regalo de Reyes, la cicatriz que tengo en la espalda), y digo que me sentía seguro porque, según vi, a Evaristo lo temían. Lo respetaban. Y yo no podía dudar de que me parecía increíble-mente al taita; no tanto porque todos en la costa me miraban de reojo, como si mi presencia anticipara catástrofes, sino por la Rosario: la morocha no era de desconocer así nomás a su hombre, aunque nunca hubiera podido entregársele antes. Me enteré de que Evaristo y ella no tuvieron tiempo de hacer lo que Dios manda, del mismo modo que me enteré de toda la historia, o de casi toda: astuta y pacientemente, con preguntas furtivas, por casualidad. Y por otros medios, menos fáciles de explicar. Al principio creí que mis preguntas obedecían a reflejos literarios; después, no sé. De todos modos, había una parte en las peripecias de Evaristo Garay que no estaba clara: la parte de la frontera. Por supuesto, yo, sobre este punto, no podía preguntar nada; no podía, es claro, andar preguntando:
–¿Cómo fue que me mató la policía?
Por cosas dispersas que me contó Barbieri, entendí que Aldazábal nunca fue ajeno a lo que había estado ocurriendo. Una no-che sobrevino este diálogo:
–Estás metido con la parda –y la voz del chino no tenía inflexión de pregunta; Evaristo dijo que sí y ésa fue la única vez que Aldazábal lo miró feo–. Yo me la alcé pa mí –dijo.
Barbieri no escuchó más porque entonces apareció el chajá González y anunció mañana tenemos que cruzar, y el resto, como digo, lo supe por boca de la Rosario, quien a su vez lo escuchó del chino. Su versión se contradice un poco con la de Barbieri. Parece que la noche del 5 de enero era Evaristo quien tenía la mirada torcida.
Me imagino su voz:
–Que ella elija.
Aldazábal dijo está bien. Dijo que dijo: está bien hermano. Y ese gesto le había llegado hondo a la Rosario. Será por eso que, cuando me enteré, estuve a punto de perderle el respeto, Evaristo Garay. Porque usted se aprovechó de la aflojada y lo ofendió al chino:
–Y ahora déjame solo –le dijo.
Todo esto ocurrió la noche de Reyes del 57, en la frontera. Y al rato el chajá González gritó: la policía. Y empezaron los tiros. Cuando la gente llegó a la lancha, Evaristo Garay no estaba. Se había quedado allá, muerto por la policía. Bien muerto. De cara al barro.
IV
Creo que voy a terminar pronto; la Rosario está inquieta y en estos casos lo mejor es irse antes de las averiguaciones y el sumario. Al empezar ya expliqué lo que le pasó en la cabeza al chino Aldazábal; ahora quiero contar por qué.
El tiempo que viví en el almacén de Barbieri –también ya lo expliqué– me enseñó muchas cosas: entre otras, que el coraje es subjetivo. Mirando a la gente ilegal reeduqué mis reflejos y empecé a olvidarme de citar correctamente a Virgilio. Me dieron ropas amenazantes, que fueron de Evaristo Garay, y la Rosario me prendió al cuello una medalla con la Virgen de Pompeya. En eso estaba cuan-do se quedó mirándome:
–Llévame con vos –dijo.
Yo nunca tuve predilección por morir en manos de un contrabandista, sin embargo dije que tenía que esperarlo. Tal vez cuando la Rosario me pidió por primera vez que me la alzara, todavía estaba a tiempo. Ahora no podía irme.
–Te voy a llevar –dije–; pero antes tengo que esperarlo.
Bajé al boliche.
–Dame un cuchillo, Barbieri.
El grandote me miró; entonces cambié de idea:
–No. Mejor dame un revólver.
Después volví a subir y estuve un rato ante el espejo; pese a todo la imagen que veía no era absurda. Usted me miraba, Evaristo Garay.
–Vámosnos –insistió la Rosario.
Yo le dije mejor que te estés quieta. Después dije:
–Hace calor.
Y me saqué la camisa. Entonces la Rosario me vio la cicatriz esa que tengo en la espalda y dijo cómo te hicieron esto. Evaristo, y yo casi le cuento lo de la rotonda, cuando, de gol-pe, me acordé de todo. Me acordé cuando Evaristo, la noche de Reyes, en la frontera, dijo: Que ella elija. Y Aldazábal le contestó: Esto no se arregla con conversación, hermano. Y el chajá gritó la policía y empezó el barullo, y Evaristo se dispuso a pelear como cuando eran muchachos, como siempre, y fue entonces que sintió aquel balazo trapero, en la espalda, y cuando se dio vuelta con el cuchillo en la mano ya tenía otro tiro quemándole las costillas y el último fue cuando cayó de cara al barro como un perro.
La Rosario preguntaba:
–¿Quién te hizo esto, Evaristo? Dije:
–Ya te vas a dar cuenta.
Por eso me quedé. Y por eso, anoche, cuando la gente volvió del Gualeguaychú yo estaba parado en lo alto de la escalera, con el revólver en la mano. Y cuando el chajá me reconoció y se vino derecho a abrazarme, yo le grité:
–¡Abrite!
Y por eso él se abrió, y Aldazábal se quedó mirándome, como a un fantasma, mirándome a mí, a Evaristo Garay. Y por eso lo bajé de tres tiros en la cabeza.

sábado, mayo 13, 2006

Reflejos II

Un mail encadenado rompió el cerco. Una colecta a beneficio de una niña con una extraña enfermedad en un país mucho más extraño todavía. No era el típico mail de otras épocas, era un mail frío, sin referencias personales, ni extensas confesiones ni exposiciones éticas sobre las injusticias de todos los días. Un mensaje oculto, quizás. Un pedido de auxilio, silencioso pero certero, un acá estoy no me olvidé de vos, un nos debemos una charla hace rato. Todo eso podía ser aquel mail, todo eso o solamente una alucinación creada por la maratón de roedores que se disparó en su cabeza al leer el nombre del remitente del mail.
Releyó el listado de contactos, e ignoró totalmente la historia de la lejana niña enferma de muerte, lo pensara como lo pensara, esa niña era lo menos importante, por real o por ficticia, era solo una figura decorativa, volvió a revisar los contactos y reconoció a mucha gente, amigos olvidados, amigos ya no tan amigos, algún indeseable y varios hermanos del alma. Lo mirara como lo mirara era un mensaje raro.
Pensó en contestar en general, haciendo algún chiste sobre su incredulidad en las cadenas de ayuda y estas cosas que ocupan buena parte del tiempo laboral, ese tiempo que uno preferiría perder mirando por la ventana, o leyendo la sección deportiva del diario. Pero dudó. Contestar a todos no era una buena idea, o mejor dicho, no era una buena idea hacer un comentario tan poco lúcido, aunque era una buena idea contestar de manera general, eso le quitaría presión al mensaje, éste sí oculto, y no sería él quien de el primer paso ¿Ella ya lo había dado?
Marcó el mail como no leído y se dedicó por un rato a leer los laborales, que eran en realidad los importantes por esas horas, dejó pasar un tiempo y hasta se convenció de haber olvidado del tema. El convencimiento propio es interesante, para él siempre fue de gran ayuda, casi un compañero de ruta, indispensable para no ser el único responsable de sus actos. Hizo algunas llamadas telefónicas, habló sobre el clima, las medidas del gobierno, el paro de los transportistas y las expectativas de la selección nacional para la próxima copa del mundo. Arregló el mate, sacó punta al lápiz y reimprimió el estado de cuenta de los clientes. Entre cada uno de estos movimientos, se aseguró de no estar pensando en aquel mail. Su compañero de ruta había resultado ser un mentiroso.
Toda la meditación, reflexión y estrategia de las horas anteriores pasaron a un segundo plano y contestó el mail. Dejó de lado el pudor, y le puso un pie encima al orgullo. Le puso los dos pies encima. Le contestó a ella, a nadie más, y no habló de la niña enferma, ni de la caridad, ni dio demasiadas vueltas ¡Qué bueno que todavía tengas mi dirección! No tenía como ubicarte y me quedé con ganas de charlar después de verte ese día en el bar. Te dejo mis números. Estoy en esta dirección hasta las seis. Un beso. Nos vemos. Envió el mail y pensó, listo ya está, que se pudra todo.
El día de laburo fue uno más, nada raro, clientes, problemas con los proveedores y charlas triviales con los compañeros. A las dos de la tarde fue a comer algo, se llevó un libro que hacía unas semanas se resistía a ser terminado, lo apoyó en la mesa y no lo abrió en ningún momento. Estaba por volver a la oficina cuando sonó el teléfono celular. Era un número desconocido, seguramente algún cliente. Apuró un trago de agua y atendió ¡Hola, tanto tiempo, recibí tu mail, que alegría! Era ella, él no podía creerlo ¿Qué decís? ¡Qué sorpresa! ¿Dónde andas?preguntó asombrado ¿Estás en Buenos Aires? Me dijeron que sos imposible de encontrar, que te olvidaste de los amigos y que no volvés más al barrio, dijo ella. Nada que ver, los que no me encuentran son los que no tienen demasiado interés en verme, los amigos saben dónde me escondo, respondió él. ¿Estás al pedo hoy? Preguntó ella, él no sabía qué contestar, tenía que hacer un trámite al salir del trabajo, pero podía hacerlo esperar. Si, desde las seis quedo libre, ¿querés tomar un café? Maure y Luis María Campos a las seis y media fue el acuerdo.
Caminó desde la oficina hasta la esquina acordada, llegó cinco minutos tarde, pero ella no había llegado todavía. Seguía siendo impuntual como siempre. Él detestaba ese punto en ella.
Llegó a las siete menos cuarto, avanzaba por la vereda con su agilidad habitual y una vez más traía esa sonrisa cargada de dientes. Se miraron un par de segundos, los dos sonreían y se abrazaron, primero con pudor, después con afecto. Se sentaron en un bar, ella pidió una lágrima y una porción de torta de frutos del bosque, él pidió un café doble y dos medialunas. Los primeros minutos de la charla fueron tensos, incómodos y muy largos. La conversación se dividió entre familias y amigos lejanos, vacaciones recientes y anécdotas divertidas pero insignificantes. Solo al llegar la segunda ronda de café ella dijo, che, me enteré que estuviste mal, te hubiese llamado, pero no me animé. Es verdad, estuve como el culo, tuve muchos quilombos y me borré de todos lados por un tiempo, ahora, cómo corre el puterío ¿quien te contó? Preguntó intrigado. Eso no te lo voy a decir, pero andá sabiendo que estaba al tanto y me preocupé por vos. Una vez más lo invadió la certeza de ser un idiota, en todo este tiempo jamás supo nada de ella, y no por no tener acceso a la información, no se enteró porque no quería hacerlo, porque se negó a hacerlo. Che, yo no se nada de tu vida, contame algo ¿Te casaste? ¿Tuviste hijos? Ella se rió mucho, el final de la carcajada encontró a su mirada clavada en la taza, y por algún motivo le costó levantarla.
Las mesas vecinas se poblaban y despoblaban con una frecuencia increíble, la gente pasaba al lado de ellos y la charla no se perturbaba por eso. Él nunca fue muy locuaz, o si, pero no en estos casos, ella era quien llevaba la charla, él la escuchaba. La miraba y la escuchaba. Tenía ganas de mirarla. Por un momento creyó que el tiempo nunca había pasado, que la historia era otra, y que los recuerdos eran el presente. Ella miró el reloj. Eran las once y cinco, el tiempo había volado. Los dos se miraron por unos segundos, no dijeron nada por un momento, él jugaba con la cucharita sobre la mesa, ella le tomó la mano, él le dedicó una mirada y ella le devolvió una sonrisa, una de esas sonrisas que hablan.
Me tengo que ir, mi chico llega a casa en un rato. Es un a alegría haberte visto, y ahora no te escondas, conmigo no te hagas el importante. Ya te dije, me escondo de algunos, hay quienes me encuentran. Bueno, te encontré y espero que se repita. Seguro, mandame un mail sobre la matanza indiscriminada de las focas y nos tomamos otro café. Volvieron a abrazarse, ella tenía los ojos vidriosos, él un nudo en la garganta.
Ella se subió a un taxi. Él caminó por El Bajo, la cabeza le dio mil vueltas en el camino a su casa. Confundió recuerdos y presentes, realidades y alucinaciones, verdades y mentiras. Entró al departamento, tiró sus cosas de trabajo en un rincón. Colgó el saco y se tiró en el sillón. Recién entonces logró soltar una lágrima.

Tomando café
(Fernando Delgadillo – Carlos Arellano)
Te veo tomando café
como desde hace tantos años
y me resulta inevitable
decirte que te amo.

Que se me antoja recordar
el fuego que hemos olvidado
que por debajo de la mesa
se den vuelo nuestras manos.

Y rodar, y rodar por el suelo
enredado en la maraña de tu pelo
y levantarnos para hacernos monumento
al amor, a la lujuria y al deseo.

Y verte sonreír
con ese gesto de quien sabe que ha pecado
y volver a sentir
esas piernas que se doblan de cansancio.

Te veo tomando café
como desde hace tantos años
y se me hace agua la boca
y te me sigues antojando.

Me dices no sé bien qué
mientras yo estoy en otro lado
imaginando que tu boca
se abre y me va tragando.

Y rodar, y rodar por el suelo
asomándome al vacío de tus pechos
y levantarnos para hacernos monumento
al amor, a la lujuria y al deseo.

Y verte sonreír
con ese gesto de quien sabe que ha pecado
y volver a sentir
las rodillas y los codos lastimados.

miércoles, abril 26, 2006

Reflejos

Te amo, dijo ella. Él apoyó los dedos índice y mayor sobre sus labios y siguió besando la piel desnuda de su cadera. Ella no lo repitió. Él dejó los dedos sobre su boca unos momentos más. Y siguió venerando ese cutis blanco y suave.

Unas horas antes ella había golpeado la puerta con insistencia, él le abrió y la hizo pasar. Ella lloraba desconsolada, él le daba consuelos insuficientes. La noche había comenzado de una manera extraña, y por cosas del destino, no demasiado casuales, estaban ahí frente a frente como tantas otras veces, pero esta vez era especial, y los dos lo sabían. Los dos lo negaban.
Él cocinó algo y lo sirvió en la mesa desordenada, ella se negó a comer, estaba nerviosa y tenía el estomago cerrado de tanto llorar. Él comió un poco mientras le acariciaba la espalda y trataba de animarla contándole alguna que otra trivialidad. Los comentarios eran realmente poco lúcidos, las caricias reconfortantes.
Un rato después en la TV la película dejaba demasiado que desear, el día había sido largo y la noche ganaba terreno. Él se recostó del lado izquierdo de la cama, sin taparse con la frazada. Ella estaba del lado derecho, tapada hasta el mentón, mirando hacia el televisor tan tiesa como expectante. Él se acercó un poco y le pasó el brazo por detrás de la cabeza, ella se acomodó contra su pecho, siempre mirando hacia delante. La película empeoraba, la suerte estaba echada.
Levantó la mirada y se encontró con la de él posada sobre ella. El tiempo se detuvo, y la noche colmó el espacio. No podemos hacer esto, dijo ella, él retrocedió unos centímetros, la miró fijamente a los ojos y ella se acercó lentamente. Ya no hubo más palabras, ni ropas ni prejuicios. El tiempo detenía su marcha y la noche se eternizaba.

Te amo, dijo ella. Él apoyó los dedos índice y mayor sobre sus labios y siguió besando la piel desnuda de su cadera. Ella no lo repitió. Él dejó los dedos sobre su boca unos momentos más. Y siguió venerando esa piel blanca y suave.

Los reflejos lo obligaron a silenciarla, los reflejos la condicionaron a no quitar esos dedos de su boca. Los dos lo sabían y los dos necesitaban ignorarlo. Fue un acto reflejo, fue instintivo, no fue premeditado, así sucedió y así debía ser. O no.
La noche se repitió otras noches, el tiempo les hizo un guiño y los planetas se alinearon para que aquella dimensión pueda ser explorada en silencio. Aprendieron a reprimir lo que los incomodaba. No hubo más te amo, ni hubo más dedos silenciadores. La eternidad duró un tiempo y como debía ser un día mostró que de eterna no tiene nada.
Las cosas volvieron a su lugar, el orden fue reestablecido y la puerta de la dimensión desconocida, ahora conocida, se cerró para siempre. Aunque desde entonces saben que siempre no es verdad, y que nunca también fue una mentira desde un principio. Nada fue como antes, trataron de convencerse que se podía retroceder en el tiempo, que las cosas eran reversibles y que solo se vive el presente, pero no pudieron, no hubo caso. Ya nada fue como antes. La inocencia es intocable, y una vez vulnerada desaparece.
Construyeron una pared de desencuentros para no ver todo aquello que había cambiado, pero no fue suficiente. Necesitaron de algunas agresiones mutuas y varios reproches desconsiderados para conseguir una distancia respirable. Y la respiraron.
Pasaron las noches, los días y pasó mucho tiempo. El aire se tornó agradable, y los recuerdos empezaron a ubicarse donde deben, donde no joden. La vida siguió su curso, como siempre, sin esperar a los desprevenidos, dejando que el polvo se acumule sobre todo aquello que necesita del olvido para ser recordado razonablemente.

Una tarde en un bar, en una esquina, él vio su reflejo en una ventana. Tuvo miedo, quedó paralizado. Ella se acercó con una sonrisa enorme. Se saludaron, él la invitó a sentarse, ella estaba apurada. ¿Qué es de tu vida?, dijo ella. Se vive, respondió él. Nos debemos una charla hace rato, pero me tengo que ir, nos hablamos, insistió ella. Seguro, nos hablamos, replicó él.

Revolviendo el cafe casi terminado la vio alejarse.

Antes de irse ella pensó en que no tenía su teléfono, pero no se lo pidió.
Antes de que se fuera él se dio cuenta de que no sabría ubicarla, pero no se lo dijo.
Muchas cosas cambiaron, excepto aquellos reflejos.

lunes, abril 24, 2006

On Hold


Hermanos y Hermanas de mi Patria..!

Ups! así encabezaba un personaje innombrable...
Vamos otra vez...
Amigos!
Una vez más no hay mayores novedades por este sitio, pero esta vez es justificado, más allá de la habitual falta de imaginación, ideas y dedicación. Esta vez me encuentro en un importante proceso de mi vida. Es un proceso lento y largo, que no se lleva bien con mi conocida impaciencia, pero es un proceso importante, que me llena de satisfacción y de anhelos.

Por ende mis pensamientos hoy se orientan en otros sentidos. No he tenido tiempo de pensar en alguna cosa poco interesante para escribir, ya que no puedo dejar de pensar en esto. Es por ello que no voy a hacer uso de mis palabras sino que me tomaré de las palabras de la Bersuit Vergarabat, que por ahi dice:

"...maldita espera, es el mejor tiempo perdido..."

A partir de el mes de diciembre seré el "Tio Cocco" a la segunda potencia!!!
Besos y abrazos para todos
Tio Kico2

martes, abril 04, 2006

Sangre, sudor y lágrimas

Qué difícil es escribir, pensar o imaginar historias ajenas. Se complica por muchas cosas, aunque me animo a decir que el principal obstáculo es el espacio que ocupa en mis pensamientos la propia historia. No queda mucho lugar como para pensar en sufrimientos y alegrías de otros seres, mucho más si esos seres no existen o es mi responsabilidad crearlos. Supongo que por bastante tiempo mis intentos girarán en torno a noticias policiales, experiencias de terceros y desgracias que ocurren muy lejos de mis comodidades y bajezas. Es bastante fácil abrir el diario y elegir una desgracia para despotricar contra la injusticia, la sociedad y el sistema. Es muy higiénico para la conciencia, ayuda mucho a la hora de rendir cuentas en el juicio final que cada noche tiene cita en mi almohada transpirada. Por suerte a este tribunal solo asisto yo. Soy juez y parte. Eso garantiza una satisfactoria absolución, al menos hasta la siguiente noche.
Bien, como dije, es difícil escribir sobre otros, así que quien tenga la paciencia y el tiempo suficiente, podrá hacer un breve recorrido por una de mis vagas reflexiones acerca de todo y de nada. Porque de eso se trata esto, de pensar en todo para no hacer nada.

En fin, ahí va...

No se a cuenta de qué pensé en el dicho popular que afirma que algo trabajoso cuesta sangre, sudor y lágrimas. Es raro, porque en ese momento me encontraba solucionando una cuestión de plazos de pagos de unos clientes, y si bien es algo laborioso, no se asemeja en nada a otras cosas que sí podría catalogar dentro de las que merecen estos fluidos para solucionarlas. Así que no se porque pensé en eso, y pensé en otras cosas, y de repente me olvidé de los objetivos de la compañía, los indicadores de gestión y toda esa gilada. En definitiva me olvidé de la guita, que como siempre, es ajena.
A lo que iba, me olvidé de mis responsabilidades, mucho más graves por estos horarios, que son de trabajo y empecé a pensar eso. ¿Qué significa que algo cueste sangre, sudor y lágrimas? No tengo una respuesta lógica y concreta para eso. Tengo algunos pensamientos un poco rebuscados, y ordenarlos es un poco complicado en este momento. Voy a intentar unas explicaciones parciales y si esto funciona bajo la lógica del cálculo vectorial, la suma de los resultados parciales será igual a una resultante compuesta que explicaría lo que no puedo explicar como un único concepto.

La sangre:
Desde muy chico me pregunto qué es la sangre. Uno la ve y no parece gran cosa, aunque es razonable pensar que es muy importante. He dado sangre muchas veces, y creo que es lo que más me han agradecido en mi vida. No fue un mayor sacrificio, simplemente me acosté en una camilla y distintos personajes con chaqueta y guantes de latex me clavaron agujas y me dijeron, apretá y soltá, apretá y soltá. No creo que sea algo digno de tanto reconocimiento. No hice nada, simplemente presté mi brazo para que un sachet se llene con un líquido bermellón y espeso. Es llamativo ver como esa sangre en nada se parece a la sangre cinematográfica gringa. Contrariamente al concepto que tenemos de sangre como muerte, esa sangre significa vida, y entonces entiendo el agradecimiento del familiar del receptor de mi donación. La vida no me costó nada, la vivo y la desvivo, llevo conmigo una salud importante de la que ni siquiera soy consciente. Quien no tiene esa salud si la valora y es entonces cuando termino de entender la parte de la sangre en el dicho popular.
Esa sangre es la salud que uno invierte en alcanzar un objetivo.

El Sudor:
Para haber recibido una educación bastante tradicional creo que tengo un sentido amplio de lo que significa el sudor para la humanidad. Es casi religioso asociar el sudor al esfuerzo y la dedicación. Seguramente es la idea que uno ponga empeño hasta conseguir lo que busca. Creo que mis viejos dedicaron buena parte de su tiempo a enseñarnos a ver al esfuerzo como el único medio para ser alguien en la vida. Sería un hipócrita si hoy no agradeciera esas enseñanzas, porque gracias a eso no estoy tirado en un zanjón. Es verdad, también, que tanto esfuerzo me puso en una posición de permanente defensa. Porque nunca es suficiente, porque la zanahoria se mueve delante del burro, y por momentos parece alejarse. Pero tengo que admitir que no me desagrada el concepto de sudor como demostración fisiológica del esfuerzo y el empeño. Hay también otra implicancia del sudor que no me fue explicada por mis padres, ni por el Padre Güntern. El sudor es medio que acerca a dos cuerpos. Dos cuerpos desnudos pueden estar en estrecho contacto, pero no dejan de ser dos cuerpos individuales, la piel de uno y otro son fases diferentes y sólo la presencia del sudor hará que esas dos masas de carne estremecida se vuelvan una. Los sudores compartidos son la mezcla de pasiones que solo encuentran unidad en este medio acuoso. Ese gusto salado intenso es fruto de la propia esencia de los amantes, y es exclusivo de esa unión, ya que esa combinación química no se repite si se cambian las fuentes.
El sudor es la expresión corporal del esfuerzo y la pasión. Algo difícil cuesta sudor, porque solo con esfuerzo y pasión puede ser obtenido.

Las Lágrimas:
Se complica mi explicación de las lágrimas sin caer en cursilerías por todos conocidas. es más, creo que no tengo una explicación para este punto. ¿Porqué llora uno? En mi caso por muchas cosas, y lo llamativo es que las lágrimas que más me dolieron fueron las que no logré sacar de mi. No puedo generalizar en este punto, no quisiera ofender a nadie con mis razonamientos apurados. Pero creo que he llorado más veces por idioteces que por cosas importantes. Lloro mirando películas románticas predecibles, y no lloro cuando siento el pecho oprimido por mis angustias. Lloro leyendo noticias sobre injusticias y muertes absurdas, y no puedo soltar una puta lágrima cuando pierdo al alguien importante. Muy pocas veces lloro por mis propias acciones, y creo que se de que se trata. Lloro cuando la culpa me embarga. Lloro cuando no puedo refrenar la necesidad de sentir que mis problemas son de otro, y que otro los tiene que solucionar. Lloro cuando solucionar un problema significa admitir que mi error fue grave, y que otras personas pagan las consecuencias. Lloro cuando sufro por el sufrimiento que imparto. Las lágrimas son el vehículo de la culpa, son el medio en el cual la transporto fuera de mi cuerpo y de mi mente. Las lágrimas representan el sufrimiento, no del esfuerzo desmedido, es el sufrimiento de saberse cruel y egoísta.
Algo cuesta lágrimas cuando sabemos que en el camino hacia el objetivo traicionamos nuestros propios ideales y principios, las lágrimas simplemente lavan las culpas.

Finalmente puedo decir que el vivir la vida cuesta sangre sudor y lágrimas, porque a eso hemos venido a esta tierra olvidada por los dioses. Pero voy a hacer un pedido excepcional. No quiero que mi vida funcione traccionada a sangre, no estoy dispuesto a pagar con salud. Tampoco quiero más lágrimas, no porque no haya motivos para que surjan, sino por lo que ya expliqué. No quiero lágrimas de culpas, que son las mías. Ojalá lleguen lágrimas emocionadas, pero de momento, me conformo con dejar de lavar mis culpas.

Es por eso que hoy solo quiero poner esfuerzo y pasión. Propongo solo dar mi sudor, porque no quiero enfermarme, porque no quiero sufrir, solamente quiero sudar, sudar apasionadamente.

Arte de amar
(José Saramago)

Metidos en esta piel que nos reniega,
somos dos, lo mismo que enemigos.
Gran cosa, finalmente, es el sudor
(así ya lo decían los antiguos):

Sin él, la vida no sería lucha,
Ni el amor amor.

jueves, marzo 23, 2006

Nuevo elogio a la locura 

Nuevo elogio a la locura

El primero fue escrito hace siglos por Erasmo de Rotterdam. No recuerdo bien de qué trataba, pero su título me conmovió siempre, y hoy sé por qué: la locura merece ser elogiada cuando la razón, esa razón que tanto enorgullece al Occidente, se rompe los dientes contra una realidad que no se deja ni se dejará atrapar jamás por las frías armas de la lógica, la ciencia pura y la tecnología.
De Jean Cocteau es esta profunda intuición que muchos prefieren atribuir a su supuesta frivolidad: Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo. Nada más cierto: hay que ser genial -epíteto que siempre me pareció un eufemismo razonable para explicar el grado supremo de la locura, es decir, de la ruptura de todos los lazos razonables- para escribir Los trabajadores del mar y Nuestra Señora de París. Y el día en que los plumíferos y los sicarios de la junta militar argentina echaron a rodar la calificación de "locas" a las Madres de Plaza de Mayo, más les hubiera valido pensar en lo que precede, suponiendo que hubieran sido capaces, cosa harto improbable. Estúpidos como corresponde a su fauna y a sus tendencias, no se dieron cuenta de que echaban a volar una inmensa bandada de palomas que habría de cubrir los cielos del mundo con su mensaje de angustiada verdad, con su mensaje que cada día es más escuchado y más comprendido por las mujeres y los hombres libres de todos los pueblos.
Como no tengo nada de politólogo y mucho de poeta, veo el curso de la historia como los calígrafos japoneses sus dibujos: hay una hoja de papel, que es el espacio y también el tiempo, hay un pincel que una mano deja correr brevemente para trazar signos que se enlazan, juegan consigo mismo, buscan su propia armonía y se interrumpen en el punto exacto que ellos mismos determinan. Sé muy bien que hay una dialéctica de la historia (no sería socialista si no lo creyera), pero también sé que esa dialéctica de las sociedades humanas no es un frío producto lógico como lo quisieran tantos teóricos de la historia y la política. Lo irracional, lo inesperado, la bandada de palomas, las Madres de Plaza de mayo, irrumpen en cualquier momento para desbaratar y trastocar los cálculos más científicos de nuestras escuelas de guerra y de seguridad nacional. Por eso no tengo miedo de sumarme a los locos cuando digo que, de una manera que hará crujir los dientes de muchos bien pensantes, la sucesión del general Viola por el general Galtieri es hoy obra evidente y triunfo significativo de ese montón de madre y de abuelas que desde hace tanto tiempo se obstinan en visitar la Plaza de Mayo por razones que nada tienen que ver con sus bellezas edilicias o la majestad más bien cenicienta de su celebrada pirámide.
En los últimos meses, la actitud cada vez más definida de una parte del pueblo argentino se ha apoyado consciente o inconscientemente en la demencial obstinación de un puñado de mujeres que reclaman explicación por la desaparición de sus seres queridos. La vergüenza es una fuerza que puede disimularse mucho tiempo, pero que al final estalla de las maneras más inesperadas, y ese factor no ha sido tenido jamás en cuenta por la soberbia de los militares en el poder. Que bajo la férula menos violenta de Viola esa explosión haya asumido la magnitud de una manifestación de miles y miles de argentinos en las calles céntricas de Buenos Aires, y una serie creciente de declaraciones, denuncias y peticiones en los periódicos, es una prueba de debilidad castrense que la estirpe de los Galtieri y otros halcones no podía tolerar. Ellos, por supuesto, no lo saben de manera demasiado lúcida, pero la lógica de la locura no es menos implacable que la que se estudia en el colegio militar: el corolario del teorema es que el general Galtieri debería estar reconocido a las Madres de Plaza de Mayo, pues es sobre todo gracias a ellas que ha podido dar el zarpazo que acaba de encaramarlo en el sillón de los mandamás.
Por su parte, las madres y las abuelas que sin saberlo han facilitado su entronización, no tienen la menor idea de lo que han hecho. Muy al contrario, pues en el plano de la realidad inmediata esa sustitución de jefatura significa una profunda agravación del panorama político y social de la Argentina. Pero esa agravación es al mismo tiempo la prueba de que la copa está cada vez más colmada, y de que el proceso llega a su punto de máxima tensión. Es entonces que la respuesta de esa parte de nuestro pueblo capaz de seguir teniendo vergüenza deberá entrar en acción por todas las vías posibles, y que las fuerzas del interior y del exterior del país tendrán que responder a algo que las está invitando a salir de una etapa harto explicable pero que no puede continuar sin darle la razón a quienes pretenden tenerla.
Sigamos siendo locos, madres y abuelitas de la Plaza de Mayo, gentes de pluma y de palabra, exiliados de dentro y de fuera. Sigamos siendo locos, argentinos: no hay otra manera de acabar con esa razón que vocifera sus slogans de orden, disciplina y patriotismo. Sigamos lanzando las palomas de la verdadera patria a los cielos de nuestra tierra y de todo el mundo.
Julio Cortazar
Periódico La República, París, 19 de febrero de 1982

lunes, marzo 20, 2006

Entre la espada y la pared

…la pared de la farmacia estaba caliente, el sol se había retirado ya un rato antes, pero seguía estando caliente. Su espalda, completamente apoyada en la pared sentía el calor acumulado en la misma después de una tarde de incesante sol riojano de febrero.
Estaba apoyada como si estuviese sentada en una silla, con toda su espalda contra la pared, pero sin una base en la cual apoyar su osamenta. El escuálido cuerpo temblaba, soportando todo el peso con las rodillas. La silla no existía, pero quien la hubiera visto podría haber pensado que estaba sentada…
El calor de la pared contrastaba con el sudor frío que le recorría la espalda, y su cuerpo estaba cubierto de sudoraciones. Estaba empapada y el dolor le copaba las entrañas. Un dolor profundo y desgarrador, tan intenso e interno como jamás había sentido, le impedía pensar, no podía entender porqué sufría, aunque lo sabía, repentinamente no podía entenderlo.
Unas cuatro horas antes, cuando el sol arreciaba sobre la ciudad cuyana la farmacia estaba desierta. Eso la animó a entrar. Es muy probable que si en el local hubiese habido un cliente nunca se hubiera animado a entrar, o al menos no hasta que el visitante se hubiese ido. Con toda su vergüenza a cuestas, y una culpa más pesada de lo que cualquiera de nosotros puede imaginar, entró a la farmacia. Se paró delante del mostrador y esperó callada que el dependiente se acercara a atenderla. Buenas tardes, que necesitás? Le preguntó en tono amable el joven de unos veinticinco años. Buenas tardes, esteeee, busco a “el Doctor”. Disculpame, debés estar confundida, acá no hay doctores, esto es una farmacia, no una clínica. Ya lo sé, pero me dijeron que acá atiende “el Doctor”, necesitaría hablar con él. El joven quitó de su cara el gesto amable y le dijo secamente, “el Doctor” llega en un rato. Quedate en la vereda, cuando llegue le digo que te atienda.
Se apoyó contra la pared, estaba levemente apoyada en ella, ya que el último sol de la tarde la mantenía hirviendo. Estaba confundida, había llegado hasta ahí, pero sentía que era el último lugar donde hubiese querido estar, pero ahí estaba.
Pensó mucho, se sintió más sola que nunca, se sintió abandonada, traicionada, y peor aún, se sintió traidora. Tuvo que decidir sola, y sabía que sola iba a llevar esta carga, pero estaba entre la espada y la pared, no había otras alternativas, o al menos nadie se las había enseñado. No quería pensar, porque si pensaba iba a salir corriendo. Pero sabía muy bien que esa chance no estaba entre las posibilidades que el destino le tenía preparadas. Tuvo que elegir, no quiso hacerlo, pero lo hizo. Era simple, al menos al decirlo. La espada o la pared.
La espada era la soledad, el fracaso y la vergüenza. La pared. La pared estaba caliente.
Media hora más tarde un auto ingresó al garage que lindaba con la farmacia, no pudo ver a la persona que lo manejaba, o a sus posibles acompañantes, ya que el polarizado de los vidrios era absolutamente negro, y solo pudo verse reflejada a si misma, apoyada en la pared con una expresión de miedo que desconocía en su rostro.
Unos minutos después se asomó el dependiente de la farmacia y le preguntó ¿trajiste la plata? Si, ¿Son doscientos cincuenta pesos, verdad? Perguntó avergonzada. Si, si, pero ¿tenés justo? Mirá que no tengo cambio, le contestó el joven. Tengo justo. El empleado no tenía idea de lo que le había costado juntar los doscientos cincuenta pesos en secreto. Ni se imaginaba las lágrimas que derramó mientras contaba los billetes que formaban el fajo. Bueno, pasá. No esperá, no por acá, por la puerta del costado, le indicó secamente el joven.
Entró a la cochera, el BMW de “el Doctor” ocupaba buena parte del lugar, había dos sillas plásticas y una puerta de chapa. Por esa puerta se asomó “el Doctor”, un hombre de unos cincuenta años, levemente excedido de peso, con el pelo entrecano y una camisa inmaculada color rosa. ¿Qué hacés nena? ¿De cuánto estás? Perguntó mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo. De siete u ocho semanas. Respondió temblando. Es un poco mucho, pero no te hagas problema, la vamos a pilotear. Y una sonrisa socarrona inundo la cara redonda y sudorosa de “el Doctor”. Vos pasá por acá y acostate en el catre que yo voy preparando la vacuna.
Pasaron unos minutos, el miedo le impidió estimar cuántos fueron pero fueron pocos, no tuvo tiempo de contarlos. “el Doctor” entró a la sala con una jeringa que tenía una aguja larga y gruesa. Ese momento fue terrible, el miedo tomó forma, había dejado de ser algo imaginario. Tranquila m´hija, es cosa de nada. Te pongo la vacuna, te quedas quietita un rato, pasas al baño y te vas a tu casa. Ah, me olvidaba, primero tenés que pagarme. Sacó del bolsillo una bolsita, y de ella surgió un rollito de billetes acomodados por valor creciente. Primero los de cinco, después los de diez, después un par de veinte y finalmente uno de cincuenta pesos. Disculpe Doctor, no me había dado cuenta. Le dijo con el último hilo de voz que le quedaba. No te hagas drama nena, lo hacemos rápido y llegas a tu casa para ver la novela. Dijo displicente “el Doctor”. Esto es un medicamento para las úlceras, pero anda fenómeno para estos casos. Vas a ver que no pasa nada. Che, nena, ¿no te acompañó nadie? Preguntó “el Doctor”. No, vine sola, dijo.
Hubiese querido explicarle que su novio se fue al saber del embarazo, que sus padres nunca le perdonarían la ofensa que acababa de jugarles, que a los dieseis años una chica de su casa no puede aparecer con un hijo. No es de buena hija, mucho menos de buena cristiana. Dios no perdona a los incautos. Suele perdonar a los hijos de puta, pero no hay lugar en el cielo para los ingenuos y los pelotudos. No tuvo el coraje de explicarle todo eso, ni todo lo que había dudado antes de preguntarle a una amiga si sabía de alguien que hiciera abortos. Solo ella sabía lo largas que fueron las noches en las que, mientras una vida crecía en su vientre, una culpa traumatizante ganaba terreno en su mente.
Bueno, vos tranquilizate, que ya está todo listo. La aguja escupió una gota de un líquido color ámbar. Salió disparada hacia arriba con fuerza, “el Doctor” golpeo la aguja con un dedo, y le dijo, bueno, si te da impresión no mires.
No recordaba el pinchazo, ni la sensación del líquido frío entrando al cuerpo hirviente. No recordaba o se negaba a recordar. Solo estaba tumbada en el catre, llorando y sollozando, con las manos sobre el vientre y los ojos cerrados. Se quedó ahí un rato largo, un par de horas, o al menos eso le pareció. Sintió retorcijones, cólicos y dolores desgarradores. Sintió que el vientre le hervía y la cabeza le estallaba. Sintió morirse mientras moría la vida que había cobijado. Sintió perder el control de los esfínteres y sus tripas se revolucionaron. Se levantó y caminó tambaleante hasta el baño que estaba al final de la salita. En el inodoro descargó un lodazal de mierda, sangre y muerte. Quedó paralizada, jadeante y dolorida.
Volvió a la sala, estaba muy mareada y repentinamente tuvo nauseas. Intentó evitarlo, pero no pudo. Vomitó violentamente, con espasmos y ahogos. Se sentía la peor de las escorias, sus tripas sintieron asco de ella.
¡Mirá lo que hiciste! Le reprochó el dependiente. ¿No te dijo “el Doctor” que tenías que ir al baño? ¡Estoy podrido de estas negritas de mierda! Refunfuñó mientras empujaba una silla. Yo lo limpio, yo lo limpio, suplicó avergonzada. Sin decir una palabra el muchacho le acercó un balde y un trapo que buscó en el garage. Llorando limpió la sala, inclinada sobre su propio vómito se secaba las lágrimas con el dorso de la mano. La vergüenza le pesaba, y la culpa le comprimía las sienes.
Cuando ella terminó de limpiar la sala, el empleado que la miró durante el tiempo que le llevó hacerlo le dijo, bueno ya está, andate nomás que quiero cerrar. Dejó el balde y el trapo lavados y el dependiente la acompañó hasta la puerta lateral de la farmacia.
…la pared de la farmacia estaba caliente, el sol se había retirado ya un rato antes, pero seguía estando caliente. Su espalda, completamente apoyada en la pared sentía el calor acumulado en la misma después de una tarde de incesante sol riojano de febrero.
Estaba apoyada como si estuviese sentada en una silla, con toda su espalda contra la pared, pero sin una base en la cual apoyar su osamenta. El escuálido cuerpo temblaba, soportando todo el peso con las rodillas. La silla no existía, pero quien la hubiera visto podría haber pensado que estaba sentada…
Se sentía afiebrada, no paraba de transpirar apoyada en la pared caliente, el frío de un invierno brotaba por sus poros. No podía moverse, le dolía el vientre y estaba mareada. La pared comenzó a lastimarle la espalda a medida que se raspaba contra ella en su lento descenso.
Quedó tirada en la vereda, contra la pared de la farmacia. Gimió suavemente por unos segundos y un dolor aberrante se apoderó de sus entrañas.
¿La espada o la pared? ¿La vergüenza o la culpa? ¿El abandono o mla traición? En definitiva, todo era lo mismo. La pared fue la elección. La pared todavía caliente cobijó su último suspiro. La pared de la farmacia se llevó dos vidas.